Carta de despedida a Enrique Krauss
Por Andrés Zaldívar L.
Querido Enrique:
Antes que nada, quiero expresar mis más sentidas condolencias a tu familia: a Bárbara; a tus hijas e hijos, Alejandra, Claudia, Verónica, Juan Enrique y José Gabriel; y a tus nietas y nietos.
Discúlpame, Enrique, por escribirte esta despedida. Sé que probablemente habrías preferido un tango, uno de aquellos que tanto te gustaban, como ese que dice: “Adiós, muchachos, compañeros de una vida”. Pero esta vez no te vamos a hacer caso.
Quiero despedirte en representación de miles de camaradas, amigas y amigos. De quienes estuvieron presentes para acompañarte y también de tantos otros que, desde distintos rincones de nuestra patria, recibieron con tristeza la noticia de tu partida.
En el Salón de Honor del ExCongreso Nacional recibiste un homenaje justo y merecido. Allí se reunieron personas de distintos pensamientos y trayectorias: tus camaradas de partido, representantes de los Cuerpos de Bomberos, dirigentes políticos y sindicales, representantes del club de tus amores, Colo-Colo, y muchas mujeres y hombres vinculados a la vida política, social y cultural de Chile. Pero, sobre todo, estuvieron presentes muchas personas anónimas que quisieron acompañarte.
Todos ellos, a pesar de sus diferencias, forman parte de una comunidad unida por algo que fue esencial en tu vida: el compromiso con la construcción de una patria buena, justa y digna para todos.
Estuvieron también presentes el Presidente de la República y quienes habían ejercido anteriormente la Presidencia. Su presencia fue, de algún modo, un símbolo de algo en lo que tú siempre creíste: que el encuentro es posible cuando el bien de nuestra patria así lo exige.
Con Enrique, nuestras vidas se cruzaron hace muchos años. Éramos del mismo barrio y, como tantos jóvenes de aquellos tiempos, nos sentimos convocados por los valores del humanismo cristiano. Compartimos sueños y convicciones. Nos movía la lucha por la justicia social y nos inspiraba la doctrina social expresada en las encíclicas Rerum Novarum y Quadragesimo Anno.
Fuimos parte de la Patria Joven y de la Revolución en Libertad. Apostamos por Chile y por la posibilidad de construir un país mejor.
Tú, Enrique, como muchos de nuestra generación, asumiste ese sueño desde el servicio público. Entendiste que participar en la vida pública significaba servir a las personas, especialmente a quienes más lo necesitaban. Hiciste tuyo aquel principio que tantas veces nos inspiró: estamos en la vida pública para servir a la gente, no para ser servidos.
Y fuiste, verdaderamente, un servidor público.
Fuiste diputado, ministro del Interior, embajador y presidente nacional de la Democracia Cristiana. Junto al presidente Patricio Aylwin, desempeñaste un papel relevante en la transición a la democracia.
Pero, por importantes que hayan sido esas responsabilidades, lo más valioso de ti estuvo siempre en otra parte: en tu enorme calidad humana.
Fuiste un gran amigo. Una persona que tendía la mano a quien lo necesitaba. Un hombre de convicciones sólidas, alegre, sencillo y coherente. Vivías como pensabas.
Por eso debemos dar gracias a Dios por habernos permitido peregrinar en esta vida junto a un ser humano como tú. Nos regalaste generosamente tu amistad y nos dejaste el testimonio de que es posible seguir soñando y trabajar para hacer realidad esa patria buena y justa para todos.
En tu última entrevista dijiste que la partida no significaba dejar de existir, sino solamente “pasar a la habitación del lado”, como se atribuye a San Agustín.
Por eso quiero decirte algo más.
Parafraseando al antipoeta Nicanor Parra, quien poco antes de su propia partida expresó: “Me voy, pero volveré”, quiero decirte: sí, Enrique, te vas, pero volverás.
Volverás a nuestros corazones y a nuestra memoria. Volverás cada vez que recordemos tu amistad, tu alegría, tu coherencia y tu manera de entender el servicio público. Volverás porque nos has dejado un testimonio de vida que permanecerá entre nosotros.
Estoy seguro de que estarás junto a nuestro Dios, porque fuiste un hombre justo y bueno.
Gracias, Enrique, por haber sido mi camarada.
Gracias, sobre todo, por haber sido mi amigo.Hasta pronto.