El comunitarismo, una respuesta total

Autores: José Soto Sandoval (1) y Pablo Ortiz Muñoz (2)

La Democracia Cristiana nació para ofrecerle a Chile una respuesta propia, frente a los dilemas más profundos de la sociedad. No nació para administrar inercias, ni para ser una versión moderada de proyectos ajenos, ni para refugiarse en la nostalgia cuando la historia vuelve a exigir claridad, coraje y sentido de futuro. Nació desde una inspiración humanista y cristiana, abierta, plural y no confesional, pero profundamente marcada por una convicción moral que sigue siendo decisiva. La persona humana no alcanza plenamente su dignidad en soledad, sino en comunidad, en vínculos solidarios, en instituciones democráticas vivas y en una sociedad capaz de poner límites a toda forma de poder que deshumaniza la vida común.

Esa convicción vuelve hoy con una fuerza extraordinaria.

Vivimos un cambio de época. La inteligencia artificial, la concentración tecnológica, la crisis climática, las migraciones, la pobreza persistente, la inseguridad, la desigualdad territorial y el debilitamiento de la confianza democrática no son fenómenos separados. Son señales de una transformación más profunda, donde se está reordenando el poder, la economía, la cultura y la política. La pregunta decisiva es si ese proceso será conducido por comunidades democráticas conscientes de su destino, o si será capturado por nuevas élites capaces de moldear la voluntad colectiva desde algoritmos, redes sociales, desinformación y manipulación emocional.

La política contemporánea ya no se disputa solamente en partidos, parlamentos, sindicatos o plazas públicas. También se disputa en el teléfono que acompaña a cada persona desde que despierta hasta que se duerme. Allí se informan esperanzas, pero también se administran miedos. Allí se puede fortalecer una comunidad, pero también dividirla, intoxicarla y dejarla sola frente a su propia angustia. Esa es una de las grandes amenazas de nuestro tiempo. Una democracia puede conservar sus formas, sus elecciones y sus instituciones, pero vaciarse por dentro si la deliberación pública es reemplazada por impulsos, rabias y sospechas administradas.

Frente a esa realidad, la Democracia Cristiana no puede limitarse a mirar con perplejidad. Tampoco puede responder con un lenguaje envejecido, como si los desafíos del siglo XXI pudieran enfrentarse únicamente con consignas del siglo XX. Pero sí puede, y debe, volver a sus fuentes más profundas. Porque allí hay una respuesta vigente, exigente y necesaria. Esa respuesta es el comunitarismo.

El comunitarismo no es una palabra decorativa de nuestra tradición. No es una fórmula para discursos internos ni una evocación sentimental de tiempos mejores. Es una concepción de sociedad. Es una forma de entender la democracia como algo más que reglas electorales. Es la afirmación de que la libertad no se realiza en soledad, que la justicia no se decreta solamente desde arriba, que la dignidad no florece en individuos abandonados al mercado o al Estado, y que el bien común no existe sin comunidades capaces de organizarse, deliberar y construir sentido compartido.

Por eso Jaime Castillo Velasco tenía razón cuando, en un momento difícil para la Democracia Cristiana, afirmó que el comunitarismo era una respuesta total. No porque pretendiera ofrecer una receta cerrada para todos los problemas, sino porque proponía una mirada integral sobre la persona, la sociedad y la política. Frente al individualismo que reduce la vida humana a competencia, y frente al estatismo que transforma a la persona en pieza de una maquinaria burocrática o ideológica, el comunitarismo afirma una tercera posibilidad. Una sociedad de personas libres, responsables y solidarias, organizadas en comunidades vivas.

Esa intuición no ha perdido fuerza. Al contrario, se ha vuelto más urgente.

Cuando las democracias se debilitan, cuando el miedo reemplaza a la esperanza, cuando la política se transforma en espectáculo de agresión permanente, cuando las redes sociales separan más de lo que comunican, lo que se destruye no es solo la convivencia. Se destruye el tejido moral que permite vivir juntos. Se debilita la confianza. Se instala la sospecha como forma de relación social. Y cuando una sociedad pierde sus vínculos, queda disponible para cualquier forma de dominación.

El avance de liderazgos autoritarios, el renacimiento de discursos neofascistas, la banalización de la violencia política, la manipulación digital de la opinión pública y el desprecio por los derechos humanos no son accidentes aislados. Son síntomas de democracias heridas, donde millones de personas sienten que nadie las escucha, que nadie las representa y que las instituciones se han alejado de sus problemas concretos. Allí donde la comunidad se debilita, aparecen los falsos redentores y avanza la demagogia.

La respuesta demócrata cristiana debe ser la reconstrucción.

Podemos reconstruir una ciudad común, como en la imagen de Nehemías, convocando a un pueblo a reparar sus muros, ordenar sus fuerzas y recuperar la confianza. Esa es la tarea política de nuestro tiempo. Volver a unir lo que ha sido fragmentado, volver a organizar lo que ha sido abandonado y volver a dar sentido democrático a comunidades que existen, trabajan, se reúnen, luchan y esperan, pero muchas veces no encuentran un cauce político que las interprete.

La Democracia Cristiana debe volver a mirar ese mundo como sujeto histórico. No se trata de instrumentalizar a las organizaciones sociales. Se trata de reconocerse en ellas. Se trata de entender que la vocación comunitarista solo tiene sentido si se expresa en un conjunto de prácticas concretas.

Hemos sido grandes cuando hemos sido fieles a esa vocación. Lo fuimos cuando impulsamos transformaciones con libertad. Lo fuimos cuando acompañamos al mundo sindical, estudiantil, poblacional y territorial. Lo fuimos cuando defendimos los derechos humanos en tiempos oscuros. Lo fuimos cuando entendimos que la democracia no se reduce al Estado ni al mercado, sino que se construye desde la persona situada en comunidad.

La Democracia Cristiana tiene hoy una oportunidad, pero también una obligación. En medio de una sociedad cansada de polarización, desigualdad, abuso y desconfianza, puede volver a ofrecer una propuesta distinta. No una simple moderación entre extremos. No una nostalgia del centro político. Lo que el país necesita es una alternativa con identidad, una afirmación profunda del humanismo comunitario y una política de reconstrucción democrática.

No estamos condenados a elegir entre el mercado que abandona y el Estado que absorbe. No estamos condenados a una democracia administrada por algoritmos ni a una política reducida a la descalificación. No estamos condenados a vivir como individuos asustados, encerrados cada uno en su propio temor. La tradición demócrata cristiana tiene algo que decir.

Debemos decirle al país que hay otra forma de vivir juntos. Que la libertad no necesita convertirse en egoísmo. Que la igualdad no exige uniformidad. Que la autoridad democrática no debe confundirse con autoritarismo. Que la tecnología debe servir a la persona y no reemplazarla. Que el desarrollo no puede medirse solo en crecimiento, sino también en cohesión, justicia, participación y comunidad.

Todas las cosas tienen su tiempo. Tal vez este sea nuevamente el tiempo de la Democracia Cristiana, si se atreve a hablarle al Chile que no quiere ser arrastrado por el odio, la soledad o el miedo. El Chile de las comunidades que siguen construyendo país desde abajo. El Chile de quienes creen que la democracia debe ser más participativa, más justa y más humana. El Chile de quienes saben que ninguna tecnología, ningún mercado y ningún Estado pueden reemplazar la fuerza moral de una comunidad organizada.

Volver al comunitarismo no es volver al pasado. Es recuperar una brújula para el futuro.

Porque cuando una comunidad se organiza, el miedo retrocede. Cuando una democracia escucha, la esperanza vuelve. Y cuando la Democracia Cristiana es fiel a su vocación más profunda, Chile puede volver a encontrar en ella no solo un partido, sino una causa al servicio de la dignidad humana, la justicia y la vida en común.

(1)  Magister en Ciencias Sociales ILADES-U. Alberto Hurtado, Administrador Público y Licenciado en Economía Université du Québéc, Canadá

(2)  Investigador de CDC, Magister en Seguridad y Defensa de la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (ANEPE); Egresado del Centro Conjunto de Operaciones de Paz del Estado Mayor Conjunto (CECOPAC); Diplomado en Relaciones Internacionales de la Universidad Alberto Hurtado; Administrador Público y Licenciado en Ciencias Políticas de la Universidad de Los Lagos.

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